Retratando el alma
La añoranza del amor perdido puede servir también para recordar los momentos más felices de una vida compartida con el ser querido. Como un príncipe azul vestido de militar, él apareció en su vida para romper su rutina y hacerle olvidar todo el sufrimiento acumulado en su vida de huérfana marcada por la sinrazón de la Guerra Civil. Fue un ‘dulce’ amor a primera vista que duró 66 años… que todavía continúa.
Amar sin esperar nada a cambio
Sus ganas de vivir, su lucha incansable y su generosidad sin límites, convierten a Saturnina en una guía a seguir para encarar la vida. Ni una infancia acompañada de esfuerzo, estrecheces y trabajo; ni un matrimonio que se torció; ni la ingratitud de algunos de sus hijos, han podido con la fuerza vital de Saturnina que, pese al Parkinson que sufre, trabaja a diario como directora de una asociación de Mayores.
La pensión del jubilado, y tú a mi lado
Juana conoció a Florencio en un viaje a la Expo de Portugal de 1998 organizado por la asociación de Mayores a la que pertenecen. Viuda desde los 34 años y tras una vida difícil en la que tuvo que sacar adelante ella sola a sus hijos, Juana está viviendo con Florencio una segunda vida, una segunda oportunidad, que “te ayuda a mantener alguna ilusión. Por las mañanas hay alguien contigo que te ofrece un amor diferente al de los hijos”.
Tengo una historia que contar
Huérfana de padre desde los cuatro años, Consuelo conoció el trabajo duro desde su más tierna infancia; primero en su pueblo y luego sirviendo en distintas casas desde los 10 años. Pero no todo fueron sufrimientos, tuvo la suerte de trabajar para una familia en Bilbao con la que formó un vínculo de aprecio y cariño muy grande. Con ella llegó a vivir en Londres antes de iniciar su recorrido como mujer casada, de vuelta en España, y alcanzar su plenitud personal gracias a su marido, hijos y nietos.
Los ojos de Tomasa
Al mirar en sus ojos, cualquiera sospecharía los sufrimientos, dificultades y desilusiones que Tomasa tuvo que superar a lo largo de su vida. Su mirada, de hecho, es alegre, llena de luz, desbordante de optimismo. Sus palabras, profundas y repletas de esperanza, aunque, a veces, la emoción le traiciona y un brillo especial aparece de repente en sus ojos: es cuando habla de sueños rotos, deseos incumplidos y guardados en un cajón de su mesilla de noche, nunca olvidados.
El fulgor de las cenizas
La radio ha acompañado a Amparo a lo largo de toda su vida. De pequeña, se recuerda jugando bajo la mesa camilla con las brasas del brasero, mientras que los mayores escuchaban angustiados los partes de guerra. Una radio fue también el primer regalo de su marido para una casa que compartieron hasta que hace 33 años murió José. Ahora en la residencia, escucha esa misma radio todos los días y comenta con sus compañeras las historias de hoy… pero, sobre todo, las de su ayer.
Nostalgia, no quiero ser tu amiga
Dionisia ha aprendido a no entablar amistad con la nostalgia, con los recuerdos, con las viejas fotografías de épocas más hermosas. Sabe que echar de menos sólo trae dolor. La inteligencia de Dionisia le ha enseñado a construir un modo de vivir que la aleje del dolor y la nostalgia. Pero eso no quiere decir que esté cansada de la vida. Si las personas con ganas de vivir, tienen una edad espiritual resultado de dividir entre tres su edad física. Dionisia tiene, en realidad, 29 años (87÷3=29).
El eje de su vida
Marta Sierra puede decir que ha vivido. Es una bisabuela de carácter fuerte, trabajadora incansable y muy testaruda. Una abuela que no suele perder la sonrisa. Una madre que ha sacado adelante tres familias: a sus hermanos, a sus hijos y a sus nietos. Habla de su muerte sin miedo. Sabe que le tocará tarde o temprano. Sin embargo, sus escasas arrugas y su juvenil espíritu no lo reflejan. No se atisba la muerte en su ser. Sonríe mucho. A Marta no le hables del pasado. Dice que no quiere revivirlo. Es doloroso.
Un corazón condenado
Patricia se ha ido y se ha llevado mi corazón con ella, no puedo olvidarla y todavía parece que esto es una pesadilla de la que me voy a despertar, pero por desgracia no es así. Ya no volverá, no volveré a verla, ni a oírla, nunca más volveré a verla sonreír. No pude despedirme de ella, no tengo ni ultimo abrazo, ni un último beso, ni tampoco un buen sabor de todo esto. Pero aún puedo sentirla conmigo.
Una jugada tramposa del destino
Macrina se veía viviendo felizmente con Antonio hasta la eternidad. Pero las minas de uranio que les unieron también les separaron. Una enfermedad se llevó a su marido tras 17 años de complicidad total. Ahora, lo que primero fue sueño y más tarde pesadilla, se ha vuelto a convertir en sueño, un sueño cargado de recuerdos, pero alimentado del presente. La vida de Macrina vuelve a tener sentido porque aquello que realmente le hizo feliz no se ha ido, sino que vive en ella y en lo que la rodea.