A voltas co rodicio/ A vueltas con el rodicio
Hay una villa de cinco estrellas a sólo 200 metros y, a menos de medio kilómetro de distancia, los muros de la catedral de Santiago de Compostela. En san Lourenzo sigue la abanear, el roble y la helada; orvalla los campos de grelos por la mañana cediño. Vive sola, luchando, como siempre. La casa de Mª Esther ya no es aquella chabola al borde del molino, construida en el siglo XVI, sin luz y sin agua corriente, donde 17 almas se arrimaban al fuego del hogar. Pero sigue siendo humilde, como toda ella.
El miedo se llevó a mi enamorado
“Los hombres en mi vida -dice María esbozando una sonrisa- fueron pocos o ninguno, porque yo era una chica muy precavida. Lo que a mi me pasó fue algo muy curioso; desde la adolescencia, cuando ya empezábamos a salir, yo me sentía inferior y diferente. Sin estar muy convencida de mi físico, y además me avergonzaba ser de familia humilde. No me parecía muy creíble que un chico se pudiese fijar en mí, buscando algo más que un momento de pasión. Así que María renunció al amor.
Manuela y el miedo a la soledad
Si a algo tiene Manuela miedo es a quedarse sola. Como cuando era joven, y aquel gallardo muchacho la dejó sola y embarazada; o la soledad y el frío que uno siente cuando mueren dos hijas pequeñas. Después, la viudedad, el sacar adelante a los hijos, sola. Pero, ahora él está con ella. Se casaron cuando ella tenía 66 años, y desde entonces, el la cuida, la respeta y está junto a ella.
Una vida dedicada a la enseñanza
Esta es la narración de las vivencias de Carmela Iglesias, nacida en 1933, que ejerció un papel fundamental en su época como maestra rural. Se desvivió siempre por la educación de sus alumnos y es una muestra ejemplar de profesora por vocación. Los maestros de escuela fueron una pieza importante en aquellos años en los que había tanta escasez de recursos, en especial en el mundo rural.
América, no es un nombre de tango
Desde la distancia se vislumbran unas 25 casas muy pobres, con pequeños huertos para sembrar, la mayoría con calderas y chimeneas para protegerse del clima. Inmediatamente nos dirigimos a la pequeña casa del centro donde habitaba la pequeña América, tímida e infeliz. No iba al colegio, se dedicaba al cuidado de las vacas, y a ayudar a su madre Arminda, que como todas las de su pueblo hacia magias para poder llevar una casa llena de niños, y con tan solo dos camas para acomodarse, una para el matrimonio y la pequeña para los críos. Con el tiempo América aprendió a bailar el tango, al fin y al cabo eso es la vida ¡un tango!